Capítulo Uno. Las Montañas.

“A mi no me lo parecía”, dijo el humano mientras se acomodaba el paracaídas. Delgado, mas bien bajito, parecía una miniatura junto al impresionante Wookiee. “Pero el alto mando ordena y si dice que la misión es importante solo nos queda creerles. Además siempre es divertido deshacerse de algunos imperiales, así que deja de gruñir y revisa de nuevo la carga.”

Jimumbacca soltó un gruñido de fastidio y con una precisión increíble para manos tan grandes, revisó el contenido de la maleta. Todo estaba en orden, cuatro explosivos, uno de reserva, el detonador de alta frecuencia que tanto se había esmerado en hacer y que sabría que probablemente no volvería a ver. Todo en orden.



“¿Te conté que ahí tengo un primo? Gark Gendell”, los ojos negros del humano brillaron al pronunciar el nombre. “Nos pusieron el mismo nombre, por un gran jugador de smashball, nuestros padres eran fanáticos. Lástima que no hay tiempo para turistear, quisiera ver cómo es el planeta donde vive mi primo.”

Un pitido corto se oyó en la cabina de mando. Jimumbacca guardó cuidadosamente los explosivos y con una agilidad increíble se sentó en la silla, ajustando los controles de la nave. El wookiee avisó a su compañero humano que estaban saliendo del hiperespacio. Las líneas de las estrellas se detuvieron y en la inmensidad del espacio apareció un planeta azul.

El wookiee maniobró la nave a través del planeta hacia un subcontinente del hemisferio inferior. Yter II era un planeta que valía la pena defender, puesto que contaba con grandes pastizales donde se criaban banthas de los mejores de la galaxia. Era aquí donde ser llamando bantha-herder no era un insulto, sino una profesión respetada, sobre todo si tenías contrato con alguna gran cadena de bantha hamburguesas. Por eso imperiales y rebeldes se disputaban el control del planeta. El alto comando de la Alianza Rebelde se había enterado de que un cargamento de AT-ATs venía en camino a Yter II, y era necesario neutralizarlo durante el envío, antes de que pudieran ser desplegados sobre el campo de batalla.

Pasaron sobre las montañas, no tendrían mucho tiempo, ya que un robot de reconocimiento patrullaba esa zona de difícil acceso a los radares. La compuerta se abrió y Gark Dalié, nacido en Coruscant pero cuyos abuelos habían vivido en Naboo, se dejó caer. El paracaídas no era muy grande, dado que la distancia tampoco lo requería. No tuvo problemas para caer.

Gark dobló rápidamente el paracaídas y se ocultó en una pequeña cueva donde apenas si cabía. Minutos mas tarde, el probe droid hizo su recorrido, sin novedad alguna. Salió y se dispuso a descender de las montañas. En el apacible valle casi un kilómetro abajo, se veía el puntito que era su objetivo: la base militar Yter-2C.

El descenso fue cansado, pero no difícil. Gark había sido seleccionado para esta misión por su experiencia en alpinismo. Sin embargo, el único camino apropiado para llegar al valle, estaba siendo patrullado por un biker scout. Una moto solitaria se dibujaba por encima de los pastizales, los cuales tendrían cerca de medio metro de altura. Su tripulante estaba explorando los alrededores.

Gark descendió los últimos metros de la montaña, que en ese punto estaba cortada a pico, en una cuerda, tratando de pegarse lo más posible a la roca. Su traje lo camuflajeaba bien, pero necesitaría un poco de suerte para no ser visto por el scout. Justo cuando el soldado imperial se alejó un poco para revisar otro sitio, Gark se descolgó y con un rápido movimiento se desenganchó de la cuerda y quedó tendido en el piso, cubierto por los pastizales.

Se arrastró cuidadosamente en dirección a la meseta, donde se veía a la distancia la base militar. Sin embargo el scout, por alguna razón decidió explorar el área. Gark trató de evitar su camino, pero motivado por la prisa, no vio la zanja que estaba a su lado y cayó sobre algo blando con un ruido fuerte.

“¿Quién está ahí?” gritó el soldado imperial desenfundando su arma. La pistola era pequeña, pero no le hacía gracia a Gark tener que enfrentarse a esa arma. El scout retrocedió lentamente dirigiéndose a su nave. Su entrenamiento le decía que no era necesario que enfrentara todos los conflictos, sólo que los reportara a la base. Ellos mandarían refuerzos.

Gark lo sabía y por eso tenía que hacer algo antes de que el scout pudiera reportar el incidente. Hizo un intento por moverse, pero un fuerte dolor en la pierna fue lo único que obtuvo.

“Bien hecho Gark!” pensó para sus adentros. “Y el ganador de los mejores diez momentos para torcerte el pie: cuando necesitas impedir que un biker scout suene la alarma.”

Capítulo Dos. Un Amigo en las Praderas.

Gark Dalié pudo moverse, o al menos eso creyó. Le costó un poco darse cuenta que lo que estaba moviéndose era el piso sobre el que estaba agachado. Un fuerte ruido lo ensordeció, y con ojos atónitos vio como una criatura cuadrúpeda salía de su escondite, el escondite que él había invadido. Como una ráfaga de viento, el animal voló hasta el biker scout y cayó pesadamente sobre el soldado imperial.

Sonó un disparo desesperado, luego el crujido de huesos, y después el silencio. El animal olfateó la fría armadura, y con una mueca de disgusto emitió un bufido. Después, se trepó a la moto, gruñendo como loco. En su furia, apretó el botón de encendido. El animal se asustó y al bajar de la moto apretó el mecanismo de avance.

La criatura cayó dando un par de volteretas, y la moto fue a estrellarse con la roca a un centenar de metros. Gark batalló para contener la risa pero no pudo, y soltó una sonora carcajada. El animal, extrañado, volcó su atención hacia el. Gark sintió que reír no había sido la mejor idea al ver al animal caminar lentamente hacia él.

El animal medía más de un metro de alto, a la cruz. La cabeza debería de llegar a los 150 centímetros de altura, su piel, cubierta de un fino pelo café, lo hacía casi desaparecer en la maleza. Las garras no eran afiladas, como las de un felino, sino potentes y firmes, hechas para resistir. Tenía una cola de tamaño mediano. A Gark le recordó uno de los animales que había visto en un planeta del Anillo Exterior. Perros, o algo así. Solo que, éste era mucho mas grande.

El animal continuaba acercándose, pero con un semblante tranquilo, sin ánimos de atacar. Se acercó a Gark, le lanzó un ladrido corto y olfateó su cinturón. Gark con movimientos pausados, se puso de pié y sacó una barra de comida. La puso sobre la palma de su mano extendida para que el animal la tomara. La criatura abrió el hocico, revelando enormes dientes y unos colmillos de más de 3 centímetros de largo. Sin embargo, mordió la barra con una delicadeza contrastante con su fiera apariencia. Dio un par de pasos hacia atrás, y engulló toda la barra sin miramientos.

“Tienes hambre, ¿eh?” dijo Gark con voz calmada. “Creo que no has comido en mucho tiempo: toma”, al tiempo que le mostraba otra barra. El animal volvió a acercarse y con un rápido movimiento tomó la barra en el hocico y la tragó en un solo movimiento. “Bueno, gracias por la ayuda. Pero mis esperanzas de llegar rápido quedaron destrozadas en la roca.”

Todavía cojeando por la torcedura, empezó el largo camino hacia la base imperial. Gark no había dado ni diez pasos cuando ya tenía a la criatura a su lado, trotando alegremente.

“Esta bien,” le dijo Gark. “Si vamos a ser compañeros de viaje, necesitaré llamarte de alguna manera. ¿Que tal… Biker? No estuvo mal para ser tu primera vez.” Y soltó otra carcajada.

Biker le respondió con un par de ladridos, y después emprendió una veloz carrera a través de los pastizales.

“¡Hey! ¡Espera! ¡Si fueras un poco más grande ya te hubiera montado!”

Caminaron durante un par de días, Biker se alimentaba de animales pequeños que encontraban a su paso. Pero eran tan escasos que Gark tenía que compartir sus raciones. Se sintió afortunado de haber traído un paquete más y pensó en su compañero Wookiee, Jimumbacca. Lo imagino repitiéndole la conveniencia de siempre empacar un poco de comida extra.

Al atardecer del segundo día, se encontraron a un par de kilómetros de la base. Ahora vendría la parte difícil: entrar. Sacó sus macrobinoculares -empacados cortesía de Jimumbacca- y exploró los alrededores. Docenas de androides se encargaban de meter una manada de banthas en un establo contiguo a la base. Cuatro de ellos se separaron y condujeron a un bantha a un cobertizo. Después de un rato dos androides salieron empujando un armazón del cual colgaban enormes piezas de carne colgadas de ganchos. Otro par de androides salió cargando una gigantesca caja, la cual depositaron en una máquina trituradora. Nada se desperdiciaba, los residuos eran convertidos en fertilizante para los pastos.

La carne fue depositada adentro de un edificio que Gark identificó como un congelador. Usando la potencia máxima de sus macrobinoculares alcanzó a distinguir la clave. Los botones eran muy grandes puesto que los dedos de los androides pastores eran bastante gruesos.

Al finalizar el día, un solo soldado imperial patrullaba la zona del establo. Gark decidió entrar por ahí.

“Creo que aquí se separan nuestros caminos, Biker. Espero encontrarte cuando termine la misión. Serías una buena mascota, aunque no pasarás de perrito faldero al lado de Jimumbacca.”

Gark se encaminó al establo. Estaba rodeado por una cerca, que afortunadamente no estaba electrificada. Esperó a que el soldado imperial estuviera lo más lejos posible y trepó. Cayó detrás del otro lado, cerca de donde dormían los banthas. El olor no le hacía mucha gracia, definitivamente tenía que estar en la lista de los diez peores lugares por dónde infiltrarse a una base imperial.

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